miércoles, 25 de junio de 2014

Invocación al Padre

Padre nuestro, Tú nos has elegido desde el principio
para que reproduzcamos en nosotros los rasgos de tu Hijo, 
de modo que Él sea el primogénito entre muchos hermanos.

Nos has llamado, nos has hecho partícipes de tu gloria.
La garantía es el Espíritu que has puesto en nuestros corazones.
Hijos tuyos son los que se dejan guiar por tu Espíritu, Padre.

No hemos recibido un espíritu que nos convierta en esclavos; 
por el contrario, tu Espíritu nos transforma en hijos
y nos permite exclamar: ¡Padre!
Si somos hijos, también somos herederos.
Si participamos con Cristo en sus sufrimientos
también compartiremos la gloria con Él.

Ayúdanos, Padre bueno,
a comprender que nuestro cuerpo es templo tuyo, y que el Espíritu habita en nosotros.
Que ya no somos nuestros propios dueños,
pues fuiste Tú quien pagó nuestro rescate,
y por tanto, te hemos de glorificar con nuestro cuerpo.

Haz que tengamos un mismo sentir, 
que vivamos en paz, para que Tú, Dios del amor y de la paz,
estés con nosotros, y tu amor,
y la comunicación del Espíritu Santo
estén en todos nosotros.

Padre, creemos que uno solo es el cuerpo y uno solo el Espíritu, como una sola es la esperanza a la que hemos sido llamados.
Sólo hay un Señor, sólo una fe, sólo un bautismo,
solo un Dios, Padre de todo en nosotros, que a todos dominas,
por medio de todos actúas y en todos vives.

Si vivimos en tu amistad, no vivimos según la carne, sino en el Espíritu, y tu espíritu, Dios nuestro, habita en nosotros.
Somos tu carta, Padre, escrita no con tinta,
sino con el espíritu de tu Hijo; no en tablas de piedra, sino en la tabla de nuestro corazón humano.

Te pedimos, Padre, que derrames sobre nosotros los tesoros de tu bondad; que tu Espíritu nos llene de fuerza y de energía hasta lo más íntimo de nuestro ser;
que Cristo habite, por medio de la fe, en el centro de nuestra vida; que el amor nos sirva de cimiento y de raíz.

Seremos así capaces de entender, con todos los creyentes, 
cuán largo y ancho, cuán alto y profundo es el amor de Cristo; Tu amor, Padre, un amor que desborda toda ciencia humana 
y nos colma de la plenitud misma de tu ser.

Padre, tú has derramado en nuestros corazones tu amor,
manifestado en Jesucristo, por medio de tu Espíritu Santo;
y nosotros, en comunión con tu Espíritu, con Jesús, nuestro hermano, te llamamos con el corazón gozoso:
¡Abba, Padre! 

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