domingo, 2 de septiembre de 2012

Señor, hoy vengo ante tí para entregarte todos mis miedos.


Señor, hoy vengo ante tí para entregarte todos mis miedos.
Te entrego Jesús el miedo que muchas veces siento
a todo, y en cierto sentido, a todos.
Te entrego mi miedo a la vida y a la muerte,
al pasado, al futuro, pero también al presente,
incierto, precario, efímero, movedizo...

Te entrego mi miedo a las responsabilidades
asumidas y por asumir,
el miedo a la guerra y a la paz siempre frágil
y difícil de administrar y mantener.

Te entrego mi miedo al poder, deseado y,
a la vez alcanzado,
necesitado de ser defendido y acrecentado.

En vos Señor mi miedo a ganar y a perder,
miedo a asumir compromisos estables y a romperlos,
miedo a hacerse amigos y miedo a la soledad,
miedo a la ciencia y miedo a la ignorancia.

En vos Señor dejo mi miedo a la felicidad
cuando se torna siempre tenue y efímera,
y miedo a la infelicidad no prevista, casi
siempre duradera.

Sobre todo Señor, te entrego el miedo a mí mismo:
miedo a conocerme o a ignorarme,
miedo a escucharme en la intimidad de mi ser,
y miedo a la respuesta.
En vos mi miedo a custionarme y a ser cuestionado,
miedo a la nostalgia que paraliza,
a la memoria histórica porque compromete.

Y podría continuar con una infinita lista mi Señor,
pero me abandono completamente a tu cuidado
pidiéndote la fortaleza que la fe de mi corazón
necesita para abrazar  y  superar todo miedo
que tan solo me hace retrasar en mi camino...
Amén!

(Adaptación de un texto de Paul Debesse)

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